Hay ciertas cosas que una imaginaría la llevarían a tocar el fondo de la tristeza. Ciertamente seguimos cayendo por no acabar de entender que el fondo hay que conocerlo. De no ser así, ¿cómo detener la caída e impulsarnos de regreso?
Recientemente recibí una noticia nupcial inesperada que hizo me sintiera suspendida en el aire, ni caía más ni subía de la emoción. No puedo vertir en palabras mi reacción. Sólo sé que hasta ese momento no me había dado cuenta que hace rato había llegado al fondo y que me encontraba ‘jangueando’ en él. Esta noticia me hizo urgar los motivos por los que estaba allí.
Mi ego estaba herido. El problema no era la noticia o las nupcias. Dicen que los problemas surgen según cómo reaccionamos ante los acontecimientos. En mi reacción hubo reconocimiento y mucha, pero mucha fortaleza a partir de lo que descubrí. Muchas mujeres andamos sufridas por el No de alguien a quien amamos. Ese No que nos pone en segundo plano frente a muchos intereses en la vida de esa otra persona. Incluso ese No es aún más hiriente cuando una tercera persona es el motivo o cuando entendemos la otra persona no posee la suficiente estámina como para germinar el fruto de nuestras visceralidades. Ese No que recibió Lilith en el comienzo de los tiempos y que hizo necesaria la presencia de Eva, más sutil, igual de sexual, mejor persuasora.
De este experiencia digo que lo que es hiriente no son las decisiones que resultan tanto impresionantes como no sorpresivas sino la armadura de ego construida a raíz de lo que entendíamos merecernos y las expectativas construidas alrededor de dichas pretensiones.
Dice Khalil Gibrán que el dolor es el rompimiento de la concha que encierra mi entendimiento. Ahora se más. Reconozco que el problema va más allá de que alguien sea malo o que las situaciones sean injustas. Ahora se que el dolor es también autoinfligido y que mucho de él surge a raíz del ego que erigimos y preservamos a capa y a espada. Ese es mi reto mayor.
Es surreal que sienta alegría o incluso que me ofrezca de dama de bodas, esa inconsistencia de carácter sólo se ve en las telenovelas. Pero se que la estabilidad comienza cuando nos vamos entendiendo como seres humanos e identificando cuánto de las injusticias que vemos en el mundo son fruto de nuestras aberraciones internas.
Estar en buenos términos es la recompensa por reconocer que no lo estropeamos todo, que somos capaces de ver más allá de lo que ciégamente imaginamos y que algo de enriquecedor tienen estos procesos y lecciones.